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LAS CONDICIONES DEL DISCIPULADO (Parte 1)

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LAS CONDICIONES DEL DISCIPULADO (Parte 1)

Mensaje por charlye43 el Vie Nov 04 2011, 06:24


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Capítulo 1

LAS CONDICIONES DEL DISCIPULADO

El verdadero cristianismo consiste en una entrega absoluta al Señor Jesucristo. El Salvador no está buscando personas que le dediquen sus tardes libres, sus fines de semana o sus años de jubilados. Él busca personas dispuestas a darle el primer lugar en su vida. “Él busca, y siempre ha sido así, no multitudes que van a la deriva y sin propósito en su senda, sino hombres y mujeres que individual y espontáneamente se consagran a su servicio por haber reconocido que Él necesita personas dispuestas a seguir en el sendero de la negación personal por el que Él caminó primero.”


La única respuesta adecuada al sacrificio de Cristo en el Calvario es la rendición incondicional a Él. El amor Divino tan maravilloso no puede ser satisfecho con algo menos que la entrega de nuestra vida, nuestra alma, nuestro todo...

El Señor Jesús planteó exigencias rigurosas a los que iban a ser sus discípulos, demandas que han sido totalmente olvidadas en estos días de vida materialista. Con mucha frecuencia consideramos el cristianismo como un escape del infierno y una garantía del cielo. Aún más, pensamos que tenemos perfecto derecho a disfrutar de lo mejor de esta vida. Sabemos que en la Biblia hay muchos versículos que hablan fuerte acerca del discípulo, pero nos parece difícil conciliarlos con nuestras ideas acerca de lo que debe ser el cristianismo.

Aceptamos que los soldados entreguen sus vidas por razones patrióticas. No nos extraña que los hombres pongan su vida por ideologías políticas. Pero que la característica de la vida de un segui-dor de Cristo sea “sangre, sudor y llanto”, nos parece remoto y difícil de asimilar. Sin embargo, las palabras del Señor Jesús, son bastante claras. No hay el más mínimo lugar para malinterpretarlas si las aceptamos en su verdadero valor. Estas son las condiciones del discipulado tal como las dio el Salvador del mundo:

1. Un amor supremo por Jesucristo.

“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y a madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26)

Esto no quiere decir que debamos tener indisposición o mala voluntad en nuestro corazón hacia nuestros familiares, sino que nuestro amor a Cristo debe ser tan denotado que en comparación, todos los demás afectos parezcan odio. En realidad la parte más difícil de este pasaje es la expresión “y aún su propia vida”. El amor propio es uno de los obstáculos más persistentes para el discipulado. Mientras no estemos dispuestos a ofrecer voluntariamente nuestra vida a disposición de Cristo, no estaremos en el lugar donde Él desea que estemos.

2. Una negación del Yo.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo...” La negación del Yo no es lo mismo que la abnegación. Esto último significa privarse de algunas comidas, placeres o posesiones. La negación del Yo es una sumisión tan completa al Señorío de Cristo, que el Yo no tiene derechos ni autoridad alguna. Significa que el Yo abdica del trono. Henry Martin lo expresa así: “Señor, no permitas que tenga voluntad propia ni considere que mi felicidad depende en lo más mínimo de las cosas que pueden sucederme exteriormente, sino que descanse completamente en tu voluntad.”

3. Elección deliberada de la Cruz.

“Si alguno quiere venir es pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. (Mateo 16:24)

Tomar la cruz no se refiere a una enfermedad física o angustia mental, puesto que estas cosas son comunes a todos los hombres. La cruz es una senda escogida deliberadamente. Es un “camino que tal como el mundo lo considera es una deshonra y un reproche.”

La cruz es el emblema de la persecución, la vergüenza y el abuso que el mundo cargó sobre el Hijo de Dios y que el mundo cargará sobre todos aquellos que elijan ir contra la corriente. Cualquier creyente puede evitar la cruz conformándose a este mundo y a sus caminos.

4. Una vida invertida en Cristo.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”.

Para comprender lo que esto significa conviene preguntarse: ¿Cuál fue la principal característica de la vida del Señor Jesús? Fue una vida de obediencia a la voluntad de Dios, una vida de servicio desinteresado a los demás, una vida de paciencia y tolerancia ante los más graves errores. Fue una vida llena de celo y desgaste, templanza, mansedumbre, bondad, fidelidad y devoción. Para ser sus discípulos debemos andar como Él anduvo. Debemos mostrar el fruto de nuestra semejanza en Cristo. (Juan 15:Cool

5. Un amor ferviente por todos los que pertenecen a Cristo.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35)

Este es el amor que considera a los demás como mejores que uno mismo. Este es el amor que cubre multitud de pecados. Este es el amor que es sufrido y es benigno; no es jactancioso, no se envanece, no es injurioso, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta (1ª Corintios 13:4-7). Sin este amor el discipulado sería un ascetismo frío y legalista. Sería un címbalo que retiñe.

6. Permanencia continua en su Palabra.

“ Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”. (Juan 8:31)

El verdadero discipulado se caracteriza por la estabilidad. Es fácil empezar bien y lanzarse adelante a un deslumbramiento de gloria. Pero la prueba de la realidad del discipulado es la resistencia hasta el fin. “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62). La obediencia ocasional a las Escrituras no sirve. Cristo desea que los que le siguen lo hagan obedeciendo en forma constante y continuada.

No permitas ¡oh Padre! que vuelva atrás,
Mis lágrimas ya mojan las asas de mi arado,
Mis otras herramientas corruptas he dejado;
No permitas, Dios Padre, que vuelva atrás.

7. Rechazo de todo por seguir a Cristo.

“Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33)

Esta es, tal vez, la menos apreciada de las condiciones de Cristo para el discipulado, y se podría probar que es el texto menos apreciado de la Biblia. Los teólogos y entendidos pueden dar mil razones para probar que el versículo no quiere decir lo que parece decir, pero los discípulos sencillos lo reciben con ardor, aceptando que el Señor Jesús sabía lo que quería decir. ¿Qué quiso decir con renunciar a todo? Significa el abandono de todas las posesiones materiales que no nos sean absolutamente necesarias y que se puedan usar en la extensión del Evangelio.

El que renuncia a todo no se convierte en un despreocupado holgazán. Trabaja arduamente para proveer a las necesidades comunes de su familia y de sí mismo. Pero, como el fin de su vida es extender la obra de Cristo, invierte en el trabajo del Señor todo lo que sobrepase sus inmediatas necesidades y deja el futuro en las manos de Dios. Buscando primeramente el reino de Dios y su justicia, él cree que nunca le faltará nada, ni comida, ni vestido. Él no puede poner su confianza en dinero ahorrado cuando hay almas que están pereciendo por falta del evangelio. No quiere malgastar su vida acumulando riquezas que caerán en manos del diablo cuando Cristo regrese por sus santos. Desea obedecer el precepto del Señor en contra del almacenar tesoros en la tierra. Renunciando a todo, ofrece lo que de todos modos no puede conservar y que ya ha dejado de amar.

Entonces tenemos que estas son las siete condiciones del Discipulado cristiano. El que esto escribe comprende que al señalarlas se condena a sí mismo como un siervo inútil que es. Pero, ¿se suprimirá la verdad de Dios por la incompetencia de su pueblo? ¿No es verdad que el mensaje es más grande que el mensajero? ¿No es más correcto que Dios permanezca como un ser veraz y todo hombre sea considerado mentiroso? ¿No diremos como aquel anciano, siervo fiel del Señor: “Haz tu voluntad, aun cuando para ello tengas que quebrantarme”?

Cuando hayamos confesado nuestro fracaso pasado, enfrentemos decididamente lo que Cristo pretende de nosotros y procuremos ser verdaderos discípulos de nuestro glorioso Señor.

Maestro mío, llévame hasta tu puerta, para que perfores mi oído, que voluntario te entrego.

Tus prisiones son mi libertad; déjame quedar contigo, para sufrir, soportar y obedecerte.

H.G.C. Moule.

Capítulo 2

RENUNCIANDO A TODO

“Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mí discípulo”. (Lucas 14:33)

Para ser discípulo del Señor Jesús, hay que renunciar a todo. Este es el sentido inequívoco de las palabras del Señor. No importa cuantas objeciones pongamos a tan extremada demanda ni cuanto nos rebelemos ante regla tan importante e imprudente. Prevalece el hecho de que esta es la Palabra del Señor y que quiere decir exactamente lo que dice.

Desde el comienzo debemos enfrentar las siguientes verdades inmutables:

a) Jesús no hace esta demanda a una cierta clase selecta de obreros cristianos. Dice: “Cualquiera de vosotros...”

b) El no dijo que debemos estar dispuestos a renunciar a todo en forma voluntaria. Dijo: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee...”

c) El no dijo que hubiera una forma diluida de discipulado que permitiera al hombre conservar sus posesiones. Jesús dijo: “... no puede ser mi discípulo”.

Realmente no debería sorprendernos esta demanda tan absoluta como si fuera la única sugestión de este tipo en la Biblia.

¿No dijo Jesús: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo...”? Muy acertadamente Wesley afirmó: “hacerse tesoros en la tierra está claramente prohibido por nuestro Señor como el adulterio y el asesinato”.

¿No dijo Jesús: “Vended lo que poseéis y dad limosna”? (Lucas 12:33) ¿No instruyó al joven rico diciéndole: “vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”? (Lucas 18:22). Si no quería decir lo que dijo, ¿qué quería decir?

¿No es verdad, acaso, que los creyentes de la Iglesia Primitiva “vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”? (Hechos 2:45)

Y a través de los años, ¿no es un hecho que muchos de los santos de Dios han renunciado a todo por seguir a Cristo?

Antonio N: Groves y su esposa que fueron misioneros en Bagdag se convencieron de que tenían que dejar de hacer tesoros en la tierra, y que debían dedicar la totalidad de una importante fortuna al servicio del Señor.

C. T. Studd “decidió dar toda su fortuna a Cristo aprovechando la dorada oportunidad que se le ofrecía de hacer lo que el joven rico no pudo hacer... Era un simple acto de obediencia a las definidas declaraciones de la Palabra de Dios”. Después de distribuir miles de libras esterlinas en la obra del Señor, reservó el equivalente de 9,588 dólares para su esposa. “Pero ella no fue menos que su marido”.

-“Carlos”- le preguntó-, “¿Qué le dijo el Señor al joven rico que hiciera?” -”Vende todo” le contestó.
-“Entonces comenzaremos bien con el Señor desde nuestra boda.” Y el dinero fue a dar a las misiones cristianas.

El mismo espíritu de dedicación animaba a Jim Elliot. En su diario escribió: “Padre hazme débil para que pueda desligarme de lo temporal. Mi vida, mi reputación, mis posesiones; haz que mi mano las suelte, Señor. Aún, Padre, quisiera desligarme del deseo de ser mimado”. ¡Cuántas veces he dejado de abrir mi mano por retener solamente lo que he considerado un deseo inofensivo, por aquél ápice de mimosidad! Más bien, hazme abrir mi mano para recibir el clavo del Calvario, como Cristo la abrió, para que yo, soltándolo todo, pueda ser libertado, desatado de todo lo que ahora me tiene atado. Él consideró el cielo, sí, la igualdad con Dios, como cosa a la que no debía aferrarse. Así, haz que me desligue de lo que tengo tomado”.

Nuestro corazón infiel nos dice que es imposible tomar literalmente las palabras de nuestro Señor: “Si renunciáramos a todo, nos moriríamos de hambre”. “Después de todo, debemos hacer provisión para nuestro futuro y el de nuestros seres queridos”. “Si todos los cristianos renunciaran a todo, ¿quién financiaría la obra del Señor?”, y “Si no hubiera cristianos ricos, ¿cómo podríamos alcanzar con el Evangelio a la gente de las clases altas?”. Y así van apareciendo los argumentos en rápida sucesión, todos para probar que Jesús dijo algo que significa una cosa diferente de lo que dio a entender.

Es un hecho comprobado que la obediencia al mandato del Señor es la forma de vida más sana y razonable y la que produce un mayor gozo. La Escritura y la experiencia testifican que ninguno de los que han vivido sacrificándose por Cristo ha padecido necesidad, y será también con los que lo hagan en el futuro. Cuando el hombre obedece a Dios, el Señor lo toma bajo su cuidado.

El hombre que deja todo por seguir a Cristo no es un pobre inútil que espera que los demás cristianos le sostengan:

Primero, es industrioso. Trabaja diligentemente para proveer a las necesidades mínimas de su familia y las suyas propias.

Segundo, es frugal. Vive en la forma más económica posible para que todo lo que quede después de satisfacer sus necesidades inmediatas pueda ser usado en la obra del Señor.

Tercero, es previsor. En vez de acumular tesoros en la tierra, los deposita en el cielo.

Cuarto, confía en Dios en lo que respecta a su futuro. En vez de dar lo mejor de su vida tratando de formar vastas reservas para la vejez, da lo mejor de sí para el servicio de Cristo confiando en Él para la provisión futura. Cree que si busca primeramente el Reino de Dios y su justicia, jamás pasará necesidad de alimento y vestido (Mateo 6:33). Le es irrazonable acumular riquezas para un día que no sabe si vivirá. Su argumento es el siguiente:

1. ¿Cómo podemos acumular y guardar fondos extras en forma consciente cuando ese dinero podría usarse inmediatamente para la salvación de almas? “El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1ª Juan 3:17). Una vez más consideremos el importante mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). ¿Podemos, con verdad, decir que amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, cuando les dejamos pasar hambre mientras nosotros tenemos más que suficiente y de sobra? Le preguntaría a cualquiera que ha experimentado el gozo del conocimiento del don inefable de Dios: “¿Cambiaría usted este conocimiento... por la posesión de cien mundos?”. Entonces no retengamos los medios por los cuales otros pueden obtener este conocimiento santificador y la consolación celestial.

2. Si creemos realmente que la vida de Cristo es inminente, desearemos usar nuestro dinero inmediatamente. De otro modo correremos el riesgo que caiga en las manos del diablo, dinero que debería haberse usado para bendición eterna.

3. ¿Cómo podemos orar a conciencia que el Señor provea el dinero necesario para la obra cuando nosotros mismos tenemos dinero que no queremos usar en dicha empresa? El dejarlo todo por Cristo nos libra de la oración hipócrita.

4. ¿Cómo podemos enseñar todo el consejo de Dios cuando hay ciertos sectores de la verdad, como el que estamos considerando, que no hemos obedecido? En tal caso nuestra manera de vivir debería sellar nuestros labios.

5. El hombre inteligente de este mundo hace abundantes reservas para su futuro. Pero esto es no caminar por fe, sino por la vista. El cristiano ha sido llamado a una vida de dependencia de Dios. Si hace tesoros en la tierra, ¿en qué difiere del mundo y su manera de vivir?

Con frecuencia se nos argumenta que debemos proveer para las necesidades futuras de nuestra familia; de otro modo somos peores que los incrédulos. Apoyan este punto de vista con dos textos: “...no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos” (2ª Corintios 12:14). “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1ª Timoteo 5:Cool.

Un estudio cuidadoso de estos textos mostrará que se refiere a las necesidades cotidianas y no a las contingencias futuras. En el primero de estos versículos Pablo está usando la ironía. Él es el padre y los corintios son sus hijos. Él no los carga económicamente, aunque tiene derecho a ello por ser siervo de Dios. Después de todo, él es su padre en la fe y los padres ordinariamente proveen para los hijos y no los hijos para los padres. Aquí no se trata de provisión de los padres para el futuro de sus hijos. Todo el pasaje tiene que ver con la provisión para las necesidades presentes del apóstol Pablo y no con la provisión para sus posibles necesidades futuras.

En 1ª Timoteo 5:8 el apóstol está discutiendo del cuidado a las viudas pobres, insiste que sus parientes deben cuidarlas. Si no tienen familia, o si ella las descuida, entonces la iglesia local debe cuidar de la viuda cristiana. Pero una vez más se refiere a necesidades presentes y no las futuras.

El ideal de Dios es que los miembros del cuerpo de Cristo se preocupen por las necesidades inmediatas de sus hermanos en la fe. Hay que compartir equitativamente... “Para que en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: El que recogió mucho, no tuvo más, y el que poco, no tuvo menos” (2 Corintios 8:14-15).

El cristiano que piensa que debe hacer provisiones para necesidades futuras enfrenta el difícil problema de determinar cuanto necesitará. En consecuencia gasta su vida en tratar de adquirir una fortuna de modo indefinido, perdiendo el privilegio de dar lo mejor al Señor Jesucristo. Llega al final de una vida derrochada y descubre que después de todo, si hubiera vivido de todo corazón para el Salvador, todo lo necesario habría sido provisto oportunamente.

Si todos los cristianos tomaran literalmente las palabras de Jesús, la obra del Señor no carecería de fondos. El Evangelio sería proclamado con mayor poder y en menor tiempo. Si algún discípulo estuviera en necesidad, sería el gozo y privilegio de los demás dar de lo que ellos pudieran tener.

Sugerir que debe haber cristianos ricos para alcanzar a los ricos del mundo es un absurdo. Pablo alcanzó a la casa de César siendo un prisionero suyo (Filipenses 4:22). Si obedecemos a Dios podemos confiar en que Él se encargará de los detalles. En esto toda discusión debería terminar en el ejemplo que Jesús dejó. El esclavo no es mayor que su señor. Como dijera Jorge Muller: “El mal comienza cuando el siervo procura tener riquezas, grandeza y honra en este mundo donde su Señor fue pobre, humilde y despreciado.”

“Los sufrimientos de Cristo incluían la pobreza” (2ª Corintios 8:9). Por supuesto, la pobreza no se demuestra por harapos y suciedad, sino por la falta de reservas y de los medios para darse lujos. Andrés Murray dice que el Señor y sus apóstoles no podrían haber realizado la obra que hicieron de no haber sido realmente pobres. “El que va a levantar a otros necesita descender, como el buen samaritano, y la inmensa mayoría de la humanidad ha sido y es pobre.”

La gente reclama que hay ciertas posesiones que son indispensables para el hogar. Es cierto.

La gente razona que los hombres de negocios que son cristianos necesitan un capital para realizar sus negocios. Es cierto.

Otros argumentan que hay otras posesiones materiales que pueden ser usadas para gloria de Dios, por ejemplo, un automóvil. También es cierto.

Pero más allá de estas necesidades legítimas, el cristiano debería vivir en forma frugal y sacrificada para que el Evangelio sea difundido. Su lema debería ser: “Trabaja mucho, consume poco, da mucho, y todo para Cristo.”

Cada uno de nosotros es responsable ante Dios por lo que significa dejarlo todo. Un creyente no puede dictar normas para el otro, cada persona debe actuar como resultado de su propio ejercicio delante de Dios. Es un asunto estrictamente personal.

Si como resultado de tal ejercicio, el Señor guía a un creyente a un grado de devoción hasta el momento desconocido, no debe ser ello motivo de orgullo personal. Los sacrificios que hagamos no son en ninguna manera sacrificios cuando los examinemos a la luz del Calvario. Además de esto, damos al Señor solamente aquello que ya no podemos retener y que hemos dejado de amar. “No es necio quien da aquello que ya no puede retener para obtener algo que no puede perder.”

Capítulo 3

IMPEDIMENTOS AL DISCIPULADO

Cualquiera que se propone seguir a Cristo puede estar seguro que se le brindarán maneras de eludir la responsabilidad. Se le concederán innumerables oportunidades para devolverse. Oirá voces que le llaman ofreciéndose para restarle algunas pulgadas a su cruz. Doce legiones de ángeles estarán listas para sacarle del camino de la abnegación y el sacrificio.

Esto lo ilustra en forma notable el relato de los tres discípulos en perspectiva que permitieron que otras voces tomaran el primer lugar en vez de obedecer la voz de Cristo: (Ver Revisión 1960) (Lucas 9:57-62), tres personajes anónimos se enfrentaron a Jesús. Sintieron un impulso interno de seguirle. Pero permitieron que algo se interpusiera entre sus almas y la completa dedicación al Señor.

Señor apresurado. El Primer hombre ha sido llamado Señor Apresurado. Se ofreció entusiastamente para seguir al Señor “adonde quiera que vayas”. Ningún costo sería demasiado alto. Ninguna cruz le sería demasiada pesada. Ningún camino sería demasiado escarpado.

A primera vista parece que la respuesta de Jesús no tenía conexión con la oferta espontánea del Señor Apresurado. Jesús le dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; más el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”. Realmente fue una respuesta muy adecuada. Fue como si hubiera dicho: “Dices que estás dispuesto a seguirme a todo lugar, pero ¿estás dispuesto a hacerlo sin las comodidades materiales de esta vida? Las zorras tienen más comodidades que yo. Los pájaros tienen sus nidos que pueden decir es su nido. Pero yo vago sin hogar en este mundo que mis manos formaron. ¿Quieres sacrificar la seguridad de un hogar para seguirme? ¿Quieres renunciar a las comodidades legítimas de esta vida con el fin de servirme devotamente?”.

Es claro que el hombre no estaba dispuesto, porque no oímos más de él en las Sagradas Escrituras. Su amor por lo terrenal fue mayor que su dedicación a Cristo.

Señor Tardío. El segundo hombre ha sido llamado Señor Tardío. No se ofreció en forma voluntaria como el Señor Apresurado. Más bien el Salvador le llamó a que le siguiera. Su respuesta no fue un rechazo de plano. Él no estaba desinteresado en el Señor. La realidad es que quería hacer algo primero. Ese era su gran pecado. Puso sus pretensiones por sobre las demandas del Señor. Notemos su respuesta: “Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre”.

Ahora bien, es perfectamente legítimo que un hijo muestre un respeto natural por sus padres. Y si su padre ha muerto es ciertamente una obligación del cristiano darle una sepultura decente.

Pero, las legítimas acciones de la vida llegar a ser pecaminosas cuando se anteponen a los intereses del Señor Jesús. La verdadera ambición de este hombre queda expresada en su clara petición: “Señor... primero...”. El resto de las palabras eran un mero disfraz del deseo de su corazón de poner primero su yo. Evidentemente no se dio cuenta que las palabras “Señor,... yo primero...” son un absurdo moral y una imposibilidad. Si Cristo es el Señor, entonces Él debe ser primero. Si el pronombre personal “yo” está sobre el trono entonces ya no es Cristo quien manda.

El Señor Tardío tenía algo que hacer y permitió que eso tomara el primer lugar. Por lo tanto fue correcto que Jesús le dijera: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios”. Podríamos parafrasear sus palabras de la siguiente manera: “Hay cosas que los muertos espirituales pueden hacer como los creyentes. Pero hay otras cosas que solamente un creyente puede hacer. Cuida de no pasar tu vida haciendo las cosas que el no creyente puede hacer tan bien como tú. Deja que los muertos espirituales entierren a sus muertos físicos. Pero a ti te necesito. Que el principal impulso de tu vida sea el progreso de mi causa sobre la tierra”.

Parece que el precio era demasiado alto para el Señor Tardío. Sale en anónimo silencio del escenario del templo. Si el primer hombre ilustraba las comodidades temporales como uno de los impedimentos para el discipulado, el segundo nos habla de una actividad o un trabajo que ocupa un lugar preferente con respecto a la principal razón de existir del cristiano.

No hay nada de malo en un empleo secular. Es la voluntad de Dios que el hombre trabaje para proveer lo necesario para sí y su familia. Pero la vida del verdadero discipulado exige que el reino de Dios y su justicia se busquen en primer lugar; que un creyente no pase su vida haciendo lo que el no creyente podría hacer tan bien o mejor que él, y que la función del trabajo es solamente proveer para las necesidades normales de la vida, siendo la principal vocación del cristiano anunciar el reino de Dios.

Señor Liviano. El tercer hombre ha sido llamado Señor Liviano. A semejanza del primer hombre se ofreció voluntariamente para seguir a Cristo. Pero también a semejanza del segundo usó las contradictorias palabras “Señor... yo primero...”. Dijo: Te seguiré Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa”.

Una vez más debemos admitir que tomada aisladamente esta petición no tiene nada de malo. No es de ninguna manera contrario a las leyes de Dios demostrar un cariñoso interés por los familiares u observar las reglas de urbanidad cuando uno se aleja de ellos. Entonces ¿en qué falló este hombre? Fue en esto: dejó que los tiernos lazos de la naturaleza ocuparan el lugar que corresponde a Cristo.

Y así, con visión penetrante, el Señor Jesús, dijo: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.” En otras palabras, “mis discípulos no son tan egocéntricos, ni de ideas tan volubles como tú has demostrado ser. Yo necesito personas que quieran renunciar a los lazos familiares, que no sean distraídos por parientes sentimentales, discípulos que me pongan por sobre cualquier otra persona en su vida.”

Concluimos forzosamente que el Señor Liviano dejó a Jesús y se alejó tristemente por el camino. Sus confiadísimas aspiraciones de ser un discípulo se hicieron mil pedazos al chocar con la roca de los lazos familiares. Quizás era una madre llorosa la que le dijo lastimeramente: “Harías estallar el corazón de tu madre si me dejas para irte al campo misionero”. No lo sabemos. Todo lo que sabemos es que la Biblia, misericordiosamente omite el nombre del pusilánime que volviendo atrás, perdió la mayor oportunidad de su vida y se ganó el epitafio de “No apto para el reino de Dios”.

Resumen. Entonces tenemos que estos son tres de los impedimentos básicos para el discipulado, ilustrados por tres hombres que no quisieron seguir las exigencias del camino de Cristo:

Al Señor Apresurado: El amor por las comodidades terrenales.

Al Señor Tardío: La precedencia de un trabajo u ocupación.

Al Señor Liviano: La prioridad de los lazos familiares.

El Señor Jesús siempre ha llamado y aún llama hombres y mujeres que le sigan heroica y sacrificadamente dejando todo. Las vías de escape aún se presentan diciendo con palabras tentadoras “¡Cuídate! ¡Esto no es para ti!”. Pocos están dispuestos a responder:

Jesús, he tomado mi cruz
Por seguirte todo he dejado
Jesús, he tomado mi cruz
Por seguirte todo he dejado
Desnudo, pobre, despreciado,
Desde ahora mi todo eres tú.
Perecido ha toda ambición,
Lo que buscaba y anhelaba,
Pues riquezas que no esperaba,
Dios y el cielo, con mi posesión.
Que el mundo me deje y desprecie,
Lo hicieron con mi Salvador
El engañoso corazón
Contra mí su ataque arrecie
Más de Dios, la ciencia y poder
en medio de mí lucha tenaz,
vence al enemigo, a Satanás,
y Su gozo inunda mi ser.


Por William McDonald

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Re: LAS CONDICIONES DEL DISCIPULADO (Parte 1)

Mensaje por ancaju el Vie Feb 03 2012, 06:03

aleluya

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