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Cómo el matrimonio pone al descubierto nuestro pecado

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Cómo el matrimonio pone al descubierto nuestro pecado

Mensaje por charlye43 el Dom Dic 25 2011, 00:13

El matrimonio es la mayor prueba del mundo…no obstante, ahora le doy la bienvenida a la prueba en lugar de temerle. Es mucho más que una prueba de qué tan amable eres…es una prueba de todo el carácter, y afecta cada acción. –T.S. Eliot

El matrimonio es la operación por medio de la cual la vanidad de la mujer y el egoísmo del varón son extraídos sin anestesia. —Helen Rowland

Uno de los mejores regalos de boda que Dios te obsequió es el espejo de tamaño completo llamado tu cónyuge. Si tuviera una tarjetita atada, esta hubiera dicho “¡Este regalo es para ayudarte a descubrir cómo eres realmente! –Gary y Betsy Ricucci

La Santificación del Matrimonio

Los monjes entran en la vida de celibato como un camino a la santidad. ¿Es posible entrar en el matrimonio conscientemente como un camino a la santidad? Si lo es, ¿cómo? Los cristianos han tomado los dos caminos y no se puede decir cuál es la mejor manera a buscar la santidad. Lo importante es ver los desafíos de nuestras circunstancias particulares como una oportunidad de crecer. Un atleta que quiere mejorar no escoge el régimen de ejercicio más fácil sino aquello que le desafiará más. Cuando enfrentamos los desafíos del matrimonio, nuestro matrimonio puede enriquecer nuestra relación con Dios. Una de las mejores maneras es por medio de desenmascarar nuestro pecado y actitudes pecaminosas, así guiándonos a la humildad.

Rostros descubiertos

Un marido que verdaderamente ama a su esposa querrá que ella crezca en la pureza. Una esposa que verdaderamente ama a su marido querrá que crezca en ser más como Cristo. Ambos pondrán el crecimiento a la imagen de Cristo por encima de la influencia social, la opinión pública, o la comodidad personal.
El matrimonio ha puesto un espejo enfrente de mí que refleja mi pecado. Me fuerza a enfrentarme honestamente y considerar mis defectos del carácter, egoísmo, y actitudes anticristianos, animándome a ser santificado y limpiado y crecer a reflejar más del carácter de Dios.

Kathleen y Thomas Hart escriben “A veces lo difícil de aguantar en los primeros años del matrimonio no es lo que aprendemos acerca de nuestra pareja sino lo que aprendemos de nosotros mismos. Como dijo una joven que llevó un año casada, ‘Siempre pensaba que yo era una persona paciente y perdonadora. Luego [de casarme], empecé a preguntarme si sólo pensaba así porque nunca había estado muy cerca de nadie. En el matrimonio, cuando John y yo empezamos a tener roces, vi que tan mezquina y renuente a perdonar puedo ser. Descubrí una dureza en mí que no había experimentado antes.’”1

Cuando yo crecía mi familia tenía una regla sencilla: Si sacas un cubo de hielo del congelador, llenas el molde de nuevo. Es impresionante cuánto el no hacer un detalle pequeño como este me irritaba. Un día le pregunté a Lisa cuánto me amaba. “Más que todo el mundo,” contestó. “Pues no quiero que me ames tanto,” dije, “sólo quiero que me ames por 7 segundos. Lo medí, y sólo requiere 7 segundos para llenar el molde de cubos de hielo.” “¡No me vuelvas a hablar de eso otra vez!” respondió. Por fin, me di cuenta de que si sólo se requieren 7 segundos para que ella llenara el molde, sólo tardaría 7 segundos en hacerlo yo también. ¿Era yo tan egoísta que estaba dispuesto a dejar que 7 segundos de inconveniencia fueran un asunto grave en mi matrimonio? ¿Era tan limitada mi capacidad de mostrar caridad?
De hecho, así era



Estando tan cerca el uno al otro—como es necesario en el matrimonio—quizá es el desafío espiritual más grande del mundo. No hay “descansos,” sino que estoy bajo vigilancia 24 horas al día. Cada película que rento lo hago con el entendimiento que Lisa estará a mi lado cuando la vea. Dónde como y qué como, y si estoy siendo fiel a una dieta, están a la vista de Lisa.

Esto presupone que estoy dispuesto a ser confrontado con mi pecado—que estoy dispuesta preguntarle a Lisa “¿Dónde ves la falta de santidad en mi vida? Quiero saberlo. Quiero cambiarlo.”

Frecuentemente, esto requiere mucho valor—valor que admito que muchas veces me falta. Esto quiere decir que estoy dispuesto escuchar lo que no le agrada a Lisa de mí, y que yo rehúse llegar a estar paralizado con el temor que ella me amará menos o me dejará porque mi pecado está siendo expuesto.
No me inclino naturalmente hacia la honestidad y transparencia que acarrea al cambio. Mi inclinación pecaminosa es a esconderme y erigir una imagen resplandeciente de mí.

¿Te escondes de tu cónyuge? ¿O utilizas la luz descubridora del matrimonio para crecer en la gracia? Algunos de nosotros necesitamos esta luz para entender qué tan pecaminosos somos realmente.
Blaise Pascal escribió, “No hemos profundizado suficientemente la maldad de la humanidad, ni la nuestra en particular, cuando todavía estamos sorprendidos por su corrupción”.2 Estar casado me fuerza a darme cuenta de dónde no alcanzo los estándares de Cristo; me anima a profundizar ambas, la maldad de los hombres en general y mi maldad en particular.

Creo que es posible entrar en el matrimonio con la expectativa de ser limpiado espiritualmente, si se hace con la disposición de ver el matrimonio como una disciplina espiritual. Para hacer esto, no debemos entrar en el matrimonio para ser llenado principalmente, estar satisfecho emocionalmente, o románticamente sino para llegar a ser más como Cristo. Tenemos que aceptar la realidad de que nuestros defectos sean expuestos a nuestra pareja, y los suyos a nosotros. El pecado no parece ser tan malo cuando sólo nosotros sabemos de ello. Pero cuando veamos cómo le parece al otro, su seriedad es magnificada. El célibe puede “esconderse” por medio de quitarse de una situación, pero el casado no tiene tal refugio. Es difícil esconderse cuando duermen en la misma cama.



La Danza que es el Noviazgo

Tengo una teoría: Detrás de casi cada caso de insatisfacción matrimonial hay pecado no arrepentido. Las parejas no caen fuera del estado de enamorados sino que caen fuera de la práctica del arrepentimiento. El pecado, actitudes malas, y fallas personales que son pasados por alto erosionan la relación lentamente, asaltando y por fin borrando las promesas nobles hechas en la temporada de pasión inicial.

Todos entramos en el matrimonio con actitudes pecaminosas. Cuando surgen, la tentación es esconderse de ellas o correr a otra relación en la cual estas actitudes no sean tan conocidas. Pero el matrimonio Cristiano presume algo de descubrimiento. Cuando me casé, me comprometí a permitirme ser conocido, tal y como soy, con mis fallas, mis prejuicios, mis temores, y mis debilidades. Esta realidad puede ser aterradora de contemplar. El noviazgo es mayormente una danza en la cual siempre muestras la mejor cara. Esta práctica no es buena preparación para el auto-descubrimiento que involucra el matrimonio. De hecho, quizá muchos se divorcian porque están huyendo de sus propias debilidades reveladas tanto como están huyendo de algo que no tolera en su cónyuge.

Quiero sugerir una alternativa de la huida: usa la revelación de tu pecado como un medio para crecer en la virtud Cristiana fundamental de la humildad, llevándote a la confesión. Entonces, procede al próximo paso que es adoptar la virtud que corresponda al pecado que estás renunciando. Si has usado a las mujeres en el pasado, practica sirviendo a tu esposa. Si has sido pronta para criticar a tu marido, practica dándole ánimo y elogio.

Ve el matrimonio como una puerta a la santificación—como una relación que revelará tus conductas y actitudes pecaminosas y dará la oportunidad de lidiar con ellas ante el Señor. Pero aquí está el desafío: No te rinda a la tentación de resentirte con tu pareja cuando tus propias debilidades son reveladas. Correspondientemente, dale la libertad y aceptación que necesita para enfrentar sus debilidades también. Así podemos usar el matrimonio como un espejo espiritual, diseñado para nuestra santificación y crecimiento en la santidad.

Recibiendo el pecado de otra persona

Esta perspectiva del matrimonio apunta hacia otro principio importante—no tan solamente respecto a cómo respondo cuando mi pecado es expuesto sino que también respecto a cómo trato a mi esposa cuando su pecado sea expuesto. ¿Uso este conocimiento para aplastarla, humillarla, o lograr poder sobre ella? O ¿lo uso para guiarla tierna y amorosamente hacia la imitación del carácter de Jesucristo?
Poseer el conocimiento del pecado de otra persona es una cosa peligrosa. Para no abusar de este conocimiento, tiene que ser ligado a la disciplina del perdón. La disciplina de responder bien cuando nuestro pecado es expuesto y ser una luz tierna para el descubrimiento del pecado de nuestro cónyuge es difícil de aprender. La relación matrimonial debe ser una de cuidado mutuo, animando el uno el otro en el camino de la santificación: “Por eso, anímense y edifíquense unos a otros, tal como lo vienen haciendo” (1Tes. 5:11).

El Pecado detrás de la Insatisfacción

Greg miró a su esposa, Sharon e intentó no mostrar lo que realmente estaba sintiendo. Estaban cenando, celebrando su octavo aniversario, pero él estaba aburrido. Greg hubiera preferido estar hablando de computadoras con sus colegas en lugar de tratar de encontrar algo de decir a su esposa. Pensó que debería querer compartir esta noche con su esposa. Pero creía que el mundo de ella se había encogido a un grado insoportable. Ella casi no tenía nada que decir más que contar cada detallito de su día. “De inmediato después de que yo lavé los pisos, a Rebecca se le cayó su comida. Peter la pisoteó y ¡siguió haciendo huellas de comida por toda la casa! ¡Y yo acababa de lavar los pisos!”

Grez luchó contra sus pensamientos. Se sintió mal porque sabía que su esposa quería que él tuviera interés en sus luchas de la casa, pero realmente la limpieza de los pisos no le interesaba a Greg. Tenía una mente muy lista y le gustaba solucionar problemas con computadoras. Estar escuchando estas anécdotas domésticas le dio sueño.

“Pero, Greg,” sugerí, “Esto es cómo sirves a tu esposa, por medio de escucharle hablar de su mundo. ¿Piensas que Jesús estaba interesado en lavar los pies de los discípulos y escuchar sus discusiones necias vez tras vez? Además, son tus hijos. Claro que Sharon va a pensar que te interesa saber lo que les pasa en el transcurso del día.”

Grez dijo “Sí, pero…” y luego salió el meollo del problema. “Hay una mujer en mi trabajo con quien puedo hablar de los programas—algo que no le interesa a Sharon para nada—y cuando solucionamos problemas juntos, me siento tan cerca de ella.” Pausó. “Sharon y yo ya no tenemos nada en común.” En este momento la mentira egoísta fue expuesta. “¿Nada?” pregunté. “Y, ¿Peter y Rebecca son nada?” “Pues, quizá los hijos.” “Y ¿haberlos concebido juntos, y cuidarles— inclusive limpiar sus desastres—cuenta menos para ti que el conectar una serie de números para escribir esos programas con esa otra mujer? ¿Es lo que estás diciendo? ¿Te significan tan poco tus hijos que los encuentras menos interesantes que crear un nuevo programa que será obsoleto dentro de 18 meses?” “Wao, supongo que no lo había pensado desde esa perspectiva.” Dijo Greg.


Greg quiso “escribir de nuevo” su realidad para que sus pensamientos no sonaran tan malos como realmente eran. La verdad es que sí valoró escribir programas más que pasar tiempo con su familia. Pero en vez de admitir y evaluar esta actitud, echó toda la culpa a su esposa: “Sharon es aburrida. No me entiende.” Estas acusaciones eran más cómodas para él de admitir, “Soy egoísta y tengo problemas serios en hacer prioridades—hasta el grado de arriesgarme a ser infiel a mi esposa.”

Si estamos dispuestos a ver honestamente nuestras motivaciones profundas, el matrimonio puede ser como una foto. Las fotos no siempre son agradables. Me acuerdo ver una y darme cuenta de cuánto había yo subido de peso. Mi inclinación era culpar el ángulo de la cámara, ¡pero la verdad es que esos kilos extras se veían desde todo ángulo! Lo mismo sucede en el matrimonio. Resentimos la verdad revelada, y somos tentados a echar la culpa al cónyuge, pues a la cámara, por decir.

Un Cristiano maduro encuentra su sentido de “realizarse” en el vivir fielmente delante de Dios, es decir en ser una persona madura más que en estar con personas maduras. Mucha de la insatisfacción en el matrimonio viene de odiarse a uno mismo. No nos gusta lo que hemos hecho o lo que hemos llegado a ser; hemos dejado que actitudes pecaminosas y egoístas envenenaran nuestros pensamientos y acarreen a conductas vergonzosas, y de repente queremos escapar. La respuesta madura, sin embargo, no es salir sino cambiar—cambiar a nosotros.

Cuando experimento insatisfacción matrimonial, evalúo mi enfoque. Estoy más contento y “realizado” en mí matrimonio cuando estoy buscando estas cosas de llegar a ser un mejor marido en lugar de exigir una “mejor” esposa.

Si eres cristiano, no puedes cambiar tu esposa por otra bíblicamente. Pero puedes cambiarte a ti mismo. Y este cambio te puede dar un sentido de cumplimiento o autorrealización que equivocadamente creíste se encontraría sólo en cambiar parejas.

No sé por qué funciona esto. No sé por qué puedes estar insatisfecho en tu matrimonio, pero busca que Dios te cambie y luego descubre que estás más satisfecho con el mismo cónyuge. Pero sí, funciona. Requiere tiempo, quizá años. Pero si el deseo de tu corazón es acercarte a Jesús, encontrarás gozo en llegar a ser como Él. Nunca encontrarás gozo en hacer algo que ofende a Jesús—tal como iniciar adulterio o un divorcio.
El pecado desembocará en auto destrucción, si lo permitimos. El mismo pecado en un hombre puede resultar en mejor entendimiento de sí mismo y por eso, crecimiento y madurez, mientras en otro puede resultar en un ciclo de negación, decepción, y destrucción espiritual.

La decisión es nuestra. El pecado es una realidad en este mundo caído. Cómo respondemos es lo que determina si nuestros matrimonios se convierten en estadísticas o en corona de éxito.

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