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EL PROPOSITO DE DIOS

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EL PROPOSITO DE DIOS

Mensaje por joselete el Lun Ene 02 2012, 22:40

EL PROPOSITO DE DIOS EN LA REUNION DE LOS ANTOS EN LA TIERRA.
Las circunstancias han llevado a muchos cristianos a considerar últimamente la cuestión de la competencia de los creyentes, en nuestros días, para formar iglesias según el supuesto modelo de las iglesias primitivas, y también a demandar si la constitución de tales cuerpos está actualmente en conformidad con la voluntad de Dios. Algunos queridos y respetados hermanos insisten en que la formación y organización de iglesias es en la voluntad de Dios la única forma de encontrar bendición en medio de toda la confusión que se reconoce que existe en la Cristiandad. Otros consideran que este intento es un mero producto del esfuerzo humano, y que por tanto carece de la primera condición necesaria para que reciba la plena bendición divina, la cual se encuentra sólo en una plena dependencia de Dios, aunque desde luego puede tener la bendición de Dios hasta cierto punto, conforme a la sinceridad de propósito y piedad de aquellos que hayan tomado parte en esta acción.

El escritor de estas páginas, que se siente atado por los lazos más fuertes de afecto y amor en Cristo a muchos que pertenecen a cuerpos que asumen el título de Iglesia de Dios, ha evitado cuidadosamente toda identificación con el criterio de sus hermanos en esta materia, aunque ha dialogado a menudo con ellos acerca de estas cuestiones. No ha hecho más que apartarse de las cosas que halló entre ellos cuando tales cosas divergían de la Palabra de Dios, buscando solícitamente guardar «la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz», y recordando aquella palabra: «Si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca» (Jer 15:9b); ésta es una instrucción de un valor indescriptible en medio de la actual confusión. Pero su afecto no ha disminuido ni se ha interrumpido ni menoscabado su lealtad.

Hay dos consideraciones que impelen de manera especial a quien escribe estas líneas a exponer lo que él mismo ha reconocido como la instrucción de las Escrituras acerca del tema que nos ocupa: el deber hacia el Señor (y el bien de Su Iglesia es la mayor de todas las consideraciones) y el amor a los hermanos — un amor que ha de ser guiado por la fidelidad al Señor. El autor escribe estas páginas debido a que el proyecto de hacer iglesias es uno de los obstáculos al cumplimiento de lo que todos desean, que es la unión de los santos en un solo cuerpo: primero, porque en aquellos que lo han intentado, habiendo ido más allá del poder que les había sido dado por el Espíritu, se ha levantado la carne. En segundo lugar, porque los que se han quedado fatigados de la iniquidad de los sistemas nacionales, al verse en la necesidad de escoger entre aquella iniquidad o lo que satisfacía el punto de vista de ellos como congregaciones disidentes, permanecen a menudo donde se encuentran, desesperando de hallar algo mejor. En la condición actual de las cosas sería una extravagancia afirmar que estas iglesias puedan realizar la deseada unión, pero no voy a insistir en ello para no entristecer a algunos de mis lectores. En lugar de ello, es mi intención poner en primer término los puntos en los que estamos de acuerdo, puntos que a la vez nos ayudarán a formarnos una idea justa y cierta de algunos sistemas que nos rodean —sistemas que, siendo incapaces en sí mismos de dar el buen resultado deseado por muchos hermanos, dejan a sus partidarios, como único consuelo y excusa, el pensamiento que los demás no pueden hacer más que ellos para alcanzar la meta propuesta.
------------------------------------------------------------------------1.-
El propósito de Dios en la reunión de los Santos en la Tierra
Es el deseo de nuestros corazones, y, según creemos, la voluntad de Dios en esta dispensación, que todos los hijos de Dios deberían estar reunidos como tales, y, consiguientemente, como no de este mundo. El Señor se ha dado a Sí mismo «no solamente por la nación (judía), sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos». Esta reunión de todos en uno fue, por tanto, el motivo inmediato, en la tierra, de la muerte de Cristo. La salvación de los elegidos era tan cierta antes de Su venida —aunque fue cumplida por medio de ella— como después. La dispensación judaica que precedió a Su venida en este mundo tenía como objeto no reunir a la iglesia sobre la tierra, sino exhibir el gobierno de Dios por medio de una nación elegida. En la actual dispensación, el propósito del Señor es reunir lo mismo que salvar, realizar La dispensación judaica que precedió a Su venida en este mundo tenía como objeto no reunir a la iglesia sobre la tierra, sino exhibir el gobierno de Dios por medio de una nación elegida. En la actual dispensación, el propósito del Señor es reunir lo mismo que salvar, realizar la unidad no sólo en los cielos Muchos pueden ir aquí y allá demostrando que en la iglesia se han introducido hipócritas y malvados, pero no se puede negar la inferencia de que existe una iglesia en la que éstos se han introducido. La congregación en uno de todos los hijos de Dios en un cuerpo está claramente de acuerdo con el pensamiento de Dios en la Palabra.
2.-)------------------------------------------------------------------
Los sistemas nacionales y su relación con la reunión de los creyentes.
En cuanto a los llamados sistemas nacionales, su existencia no se puede remontar más allá del período de la Reforma. Ni su misma idea parece haber existido antes de este período. Lo único que podemos encontrar que sea mínimamente paralelo —los privilegios de la Iglesia Galicana y la práctica de votar por naciones en ciertos concilios generales— son cosas tan ampliamente diferentes que no se puede pensar que precise de discusión alguna. El nacionalismo, en otras palabras, la división de la iglesia en cuerpos de tal y tal nación, es una novedad que no tiene más allá de tres siglos,1 aunque en estos cuerpos se encuentran muchos amados hijos de Dios. La Reforma no tocó directamente la cuestión del verdadero carácter de la iglesia de Dios. No hizo nada tendiendo directamente a restaurarla a su estado primitivo. Hizo algo más importante: expuso la verdad de Dios tocante a la gran doctrina mediante la que las almas son salvas, y ello con mucha mayor claridad y con un efecto mucho más poderoso que el moderno avivamiento. Pero no restableció la iglesia en sus primitivos poderes. Al contrario, la puso generalmente en sujeción al estado para librarla de la sujeción al Papa, porque consideraba peligrosa la autoridad papal y contemplaba como cristianos a todos los súbditos del país.

Para escapar de esta anomalía, ha habido creyentes que han tratado de hallar refugio en la distinción entre una iglesia visible y una iglesia invisible. Pero leamos la Escritura: «Vosotros sois la luz del mundo.» ¿Qué utilidad tiene una luz invisible? «Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.» Decir que la verdadera iglesia ha sido reducida a la condición de invisible es decidir la cuestión; con ello se afirma que la iglesia ha perdido totalmente su posición original y esencial, y que se ha apartado del propósito de Dios y de la constitución que recibió de Él: porque Dios no encendió una lámpara para ponerla bajo un almud, sino para ponerla sobre el portalámparas para dar luz a los que están en la casa. Si se ha hecho invisible, ha dejado de responder al propósito para el que fue constituida.2 Y ésta es la posición actual de la Cristiandad, por su propia admisión.

La posición de la disidencia en relación con la reunión de los creyentes
Estamos de acuerdo (¿no es así?) en que la reunión en uno de todos los hijos de Dios es conforme a la voluntad de Dios expresada en Su Palabra. Pero mi pregunta, antes de seguir, es: ¿Puede alguien creer que las congregaciones disidentes, tal como las vemos en este y en otros países, han conseguido este objetivo, o que lleven en absoluto el camino de alcanzarlo?

Esta verdad de la reunión en uno de los hijos de Dios se ve en la Escritura llevada a cabo en varias localidades, y en cada localidad central los cristianos allí residentes constituían un solo cuerpo: la Escritura está bien clara acerca de esto. Desde luego, se ha presentado la objeción de que una unión así es imposible, pero sin evidencia de la Palabra de Dios para apoyar tal postura. Se dice: ¿Cómo podría ser esto posible en Londres o en París? Bien, pues ello era practicable en Jerusalén, y allí había más de cinco mil creyentes. Y aunque se reuniesen en casas privadas y en aposentos altos, los cristianos eran sin embargo un solo cuerpo, bajo la conducción de un Espíritu, con una regla de gobierno y en una comunión, y así se reconocía acerca de ellos. Así, tanto en Corinto como en otros lugares, una carta dirigida a la iglesia de Dios habría encontrado su destino en un cuerpo conocido. E iré más allá, y añadiré que es claramente nuestro deber desear pastores y maestros que asuman el cuidado de tales congregaciones, y que Dios desde luego los suscitó en la iglesia tal como la vemos en la Palabra.

Habiendo reconocido plenamente estas verdades de peso, esto es, (1) la unión de todos los hijos de Dios; (2) la unión de todos los hijos de Dios en cada localidad; habiendo además reconocido que así se les contempla en la Palabra de Dios, parecería que la cuestión está resuelta. Pero aquí debemos hacer una pausa.

Es desde luego innegable que este estado de cosas que aparece en la Palabra de Dios (y se trata de un hecho, no de una teoría) ha dejado de existir, y la cuestión a resolver no es otra que ésta: ¿Cómo debería el cristiano juzgar y actuar cuando ha dejado de existir una condición de cosas que la Palabra de Dios nos pone delante? Me dirás que lo que el cristiano debe hacer es restaurarla. Pero tu respuesta es una prueba del mal existente. Supone que tenemos poder en nosotros mismos para ello. Yo más bien diría: Escuchemos la Palabra y obedezcámosla, por cuanto es de aplicación a este estado de decadencia. Tu respuesta presupone dos cosas: primero, que está de acuerdo con la voluntad de Dios restablecer la economía o dispensación a su estado original después que ha fracasado; segundo, que tú a la vez posees la capacidad y autorización para restaurarla. ¿Tiene esto una base escrituraria?

Supongamos un caso: Dios hizo al hombre recto — Dios dio Su ley al hombre. Todos los cristianos admitirán que el pecado es un mal, y que es nuestro deber no cometer pecado. Supongamos que alguien convencido de esta verdad emprende cumplir la ley y ser recto, para agradar a Dios de esta manera. En el acto me dirás: está actuando en base de su propia justicia y confía en sus propias fuerzas, y no comprende la Palabra de Dios. Así, volver del mal existente a aquello que Dios estableció al principio no es siempre una prueba de que hemos comprendido Su Palabra y voluntad. Sin embargo, juzgaremos con rectitud y verdad que lo que Él estableció al principio era bueno y que nos hemos apartado de ello.

Apliquemos esto a la iglesia. Todos reconocemos (porque es sólo a los tales a los que escribo) que Dios estableció iglesias. Confesamos que los cristianos (en una palabra, la iglesia en general) se han apartado tristemente de esta institución original de Dios, y que por ello somos culpables. La empresa de restablecerla totalmente en su condición original es (o, en todo caso, podría ser) un efecto de la operación de aquel mismo espíritu que lleva a uno a querer establecer de nuevo su propia justicia cuando la ha perdido.

Antes de poder acceder a tus pretensiones he de ver no sólo que la iglesia era así al principio, sino también que es conforme a la voluntad de Dios que sea restaurada a su primitiva gloria, ahora que el pecado del hombre ha empañado aquella gloria y se ha apartado de ella, y más aún, que una unión voluntaria de «dos o tres» o de dos o tres y veinte, o de varios de estos cuerpos, tenga derecho, en cualquier localidad, a asumir el nombre de la iglesia de Dios, cuando la iglesia era originalmente el conjunto de todos los creyentes en cualquier localidad determinada. Además, me tendrás que demostrar, si pretendes tal posición, que has tenido tal éxito mediante el don y poder de Dios en reunir a los creyentes, que puedes tratar con justicia a los que rehúsen seguir a tu llamamiento como cismáticos, condenados a sí mismos, y extraños a la iglesia de Dios.

Y permite aquí que me extienda en una consideración de la mayor importancia, que aquellos que están empeñados en hacer iglesias han pasado por alto. Tenían sus pensamientos tan dedicados a sus iglesias que casi han perdido de vista a la iglesia. Según la Escritura, la suma total de las iglesias aquí en la tierra3 constituye la iglesia, al menos la iglesia sobre la tierra; y la iglesia en cualquier lugar determinado no era otra cosa que la asociación regular de todos aquellos que formasen parte del entero cuerpo de la iglesia, es decir, del cuerpo completo de Cristo aquí en la tierra; y aquel que no fuese miembro de la iglesia en el lugar donde viviese no era miembro en absoluto de la iglesia de Cristo; y aquel que dice que no soy un miembro de la iglesia de Dios en Rolle4 no tiene derecho a reconocerme en absoluto como miembro de la iglesia de Dios. No había idea de tales distinciones entre las pequeñas iglesias de Dios en cualquier localidad determinada y la iglesia como un todo. Cada uno era de alguna iglesia, si existía una donde él estaba, y por tanto pertenecía a la iglesia, pero nadie se imaginaba pertenecer a la iglesia si estaba separado de la iglesia en el lugar donde vivía. La práctica de establecer iglesias es la que ha llevado a la separación de ambas cosas, y casi ha eliminado el concepto de la iglesia de Dios, al establecer iglesias parciales y voluntarias en diferentes lugares.5

Vuelvo al caso de la persona que ya hemos supuesto. Supongamos que ha actuado su conciencia y que ha recibido vida por el Espíritu de Dios. ¿Cuál será el efecto? En primer lugar, reconocerá su estado de perdición a consecuencia del pecado, y la ausencia de cualquier recurso en ninguna inocencia o justicia propia. El siguiente resultado será un sentimiento de total dependencia de Dios y el sometimiento de corazón al juicio de Dios sobre un tal estado. Apliquemos esto a la iglesia y a la dispensación como un todo. Mientras los hombres dormían, el enemigo ha sembrado cizaña. La iglesia está en estado de ruina, sumergida y enterrada en el mundo —invisible, si se quiere decir así, a pesar de que debería estar manteniendo, como un candelero, la luz de Dios. Si el cuerpo profesante no está en un estado de ruina, entonces pregunto a nuestros hermanos disidentes: ¿Por qué la habéis dejado? Si lo está, entonces confesemos esta ruina —esta apostasía— este apartamiento de su condición primitiva. ¡Ay! La realidad es demasiado evidente. Abraham puede estar recibiendo siervos, criadas, vacas, camellos, asnas, ovejas, pero su esposa está en casa de Faraón.

¿Cómo, pues, obrará ahora el Espíritu? ¿Cuál será la actuación de la fe de esta persona? La de reconocer la ruina; la de tenerla presente ante su conciencia y, en consecuencia, humillarse. ¿Y pretenderemos nosotros, que somos culpables de este estado de cosas, que sólo tenemos que poner manos a la obra y remediarlo? No. Este intento demostraría que no estamos humillados por ello. Más bien, busquemos con humildad lo que Dios nos dice en Su Palabra para este estado de cosas. Y no actuemos como unos niños sin conocimiento que han roto un vaso de gran precio, tratando de juntar los trozos rotos y pegarlos con la esperanza de esconder el estropicio de la vista de los demás.

En la condición caída de la actual dispensación, ¿puede el hombre restaurarla?
Insto con este argumento a los que están tratando de organizar iglesias. Si existen iglesias verdaderas, estas personas no están llamadas a crearlas. Si, como dicen ellos, existían al principio pero han dejado de existir, en este caso esta dispensación está en ruinas y en una condición de total apartamiento de su condición original. Y en consecuencia, emprenden la tarea de volver a establecerla. Y es este intento el que han de justificar. En caso contrario, no hay nada que lo justifique. Se objetará que la iglesia no puede fracasar, y que Dios ha dado a la iglesia una promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Esto lo reconozco, si entendemos por ello que la salvación de los escogidos es segura, que la gloria de la iglesia en la resurrección triunfará sobre Satanás y que Dios asegurará el mantenimiento de la confesión de Jesús sobre la tierra hasta que la iglesia sea quitada. Pero no es de esto de lo que se trata. La salvación de los escogidos era cierta antes que hubiese una iglesia congregada. Por otra parte, si con lo anterior se quiere afirmar que la actual dispensación no puede fracasar, entonces se está proponiendo un error grave y pernicioso. Si fuese esto verdad, ¿por qué os habéis separado del estado en que se encontraba? Si sigue subsistiendo en su condición original la economía o dispensación de Dios respecto a la congregación de la iglesia en la tierra, ¿cómo es que estáis haciendo nuevas iglesias? Éste es un punto en el que sólo el Papado es consecuente.

Pero, ¿qué dice la Palabra? Que la apostasía ha de introducirse antes del juicio; que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos; que habrá apariencia de piedad, pero sin eficacia. Y añade: «A estos evita.» Y el pensamiento de que la dispensación de la iglesia no puede caer es tratado en Romanos 11 como una presunción fatal y que lleva a la Iglesia Gentil a su ruina. El Espíritu Santo pasa veredicto sobre los que tienen este pensamiento de que son sabios delante sus propios ojos, y nos enseña al contrario, que Dios actuará para con la actual dispensación como lo ha hecho con las anteriores; que si continuaba en la bondad de Dios, seguiría en esta bondad; en caso contrario, la dispensación sería cortada. De esta forma, la Palabra nos revela el cortamiento y no la restauración de la dispensación, en caso de que no se mantuviese fiel. Y dedicarse a rehacer la iglesia y las iglesias en la condición en que estaban al principio es reconocer el hecho del fracaso existente sin someternos al testimonio de Dios, respecto a Sus propósitos tocantes a tal estado de ruina. Es actuar en base de nuestros propios pensamientos y confiar en nuestro propio poder, para llevar a cabo nuestro proyecto. ¿Y cuál ha sido el resultado?

La cuestión que tenemos ante nosotros no es si estas iglesias existían en el período en que fue escrita la Palabra de Dios. Es si aquellos que se arrogan el oficio apostólico de restablecer las iglesias en su condición original, y con ello de restablecer toda la dispensación, están actuando en conformidad con la voluntad divina, y si han sido dotados de poder para emprender tal tarea, después que aquellas iglesias han dejado de existir por causa del pecado del hombre y después que los creyentes han sido dispersados (y estos son hechos cuya realidad se admite). Se trata de dos cosas totalmente diferentes. No puedo creer que nadie, ni la persona más llena de celo entre ellas, que, con un deseo cuya sinceridad reconozco plenamente, han intentado volver a establecer la dispensación caída (y David también era sincero en su deseo de edificar el templo, aunque no era la voluntad de Dios que lo hiciera), estén en la condición de poderlo hacer, o que tengan el derecho de imponer sobre mi fe, como iglesias de Dios, las pequeñas estructuras que han levantado. Con todo, está bien lejos de mí creer que no ha habido iglesias en el tiempo pasado, cuando Dios envió a Sus apóstoles a establecerlas. Y en mi opinión, el que no puede discernir la diferencia entre el estado en el que estaba la iglesia en aquellos tiempos y su actual condición, no tiene un criterio muy claro en las cosas de Dios.

Si la dispensación no puede ser restaurada, ¿qué es lo que se debe hacer?
Se dirá que siguen permaneciendo en la iglesia la Palabra y el Espíritu. Y es una magna verdad. Bendito sea Dios por esto. Ésta es toda la base de mi confianza. Lo que la iglesia necesita es aprender a apoyarse en esto. Es por eso que estoy indagando qué es lo que dicen la Palabra y el Espíritu acerca del estado de la iglesia caída, en lugar de arrogarme una competencia para llevar a cabo aquello que el Espíritu ha referido acerca de la primera condición de la iglesia. De lo que me quejo es de que se hayan seguido pensamientos humanos, y de que se haya imitado aquello que el Espíritu ha registrado de lo que existió en la iglesia primitiva, en lugar de buscar aquello que la palabra y el Espíritu han declarado acerca de nuestra actual condición. La misma palabra y el mismo Espíritu que habló por Isaías diciendo a los moradores de Jerusalén que estuviesen quedos y que Dios los preservaría de los asirios, dijo por boca de Jeremías que el que saliese y se entregase a los caldeos salvaría la vida. La fe y la obediencia en el primer caso era nada menos que presunción y desobediencia en el otro caso. Algunos dirán que esto tiene la tendencia de causar confusión en las mentes sencillas. La obediencia a la Palabra con una mente humilde nunca conduce a la confusión. Quiero añadir que aquellos que están dedicados a restaurar toda la iglesia deberían estar bien instruidos en la Palabra y abstenerse de hacer nada bajo el pretexto de la simplicidad. La humildad que siente de manera genuina la verdadera condición de la iglesia nos preserva de pretensiones que nos llevan a actividades no autorizadas por la Palabra. La realidad es que las Escrituras, incluso las que han sido ya citadas, demuestran que la condición de la dispensación al llegar a su fin será justamente la inversa de la que era al comenzar. Y el texto citado de Romanos (11:22) es decisivo acerca de este punto, de que Dios cortaría la dispensación en lugar de restaurarla, si no continuaba en la bondad de Dios.

El pasaje: «Mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis», contiene un principio sumamente seguro y de gran valor. La presencia del Espíritu Santo es la clave de todas nuestras esperanzas. Pero esta alentadora profecía de Hageo no condujo a Nehemías, que era fiel a Dios, a dedicarse, cuando Israel volvió del cautiverio, a llevar a cabo la tarea que había sido asignada a Moisés, quien había sido fiel en toda su casa al comienzo de la dispensación. No, sino que confiesa, de la manera más llana y triste la caída condición de Israel, y que estaban «en gran aflicción». Le vemos llevando a cabo lo que le autorizaba la Palabra, en las circunstancias en las que él se encontraba; pero nunca emprendió hacer un arca del pacto, como la había hecho Moisés y debido a que Moisés la había hecho —ni a imitar de alguna manera la Shekiná, que sólo Dios podía hacer, ni el Urim y el Tumim, ni poner en orden las genealogías mientras ni hubiese Urim y Tumim. Pero se nos dice en la Palabra que él tuvo bendición como no la había habido «desde los días de Josué», porque fue fiel a Dios en las circunstancias en las que se encontraba, sin pretender hacer nuevamente lo que Moisés había hecho y había quedado destruido por el pecado de Israel. Si hubiese emprendido tal cosa, se habría tratado de un acto de presunción, no de obediencia. En tales circunstancias, nuestro deber es la obediencia, no la imitación de los apóstoles. Claro, es mucho más mortificante; pero al menos es más humilde y seguro. Y esto es todo lo que yo pido o deseo, que la iglesia sea más humilde. No es obediencia quedarse satisfecho con los males actuales, como si no pudiésemos hacer nada; pero tampoco es obediencia imitar las acciones de los apóstoles. La conciencia de la presencia del Espíritu Santo nos libera a la vez del mal pensamiento de sentirnos obligados a permanecer en aquello que es malo, y de la pretensión de hacer más de lo que el Espíritu Santo está haciendo a la vez — o de considerar que cualquiera de estos dos estados sea conforme al orden divino.

Quizá alguien me pregunte: —¿Es que tenemos que cruzarnos de brazos y quedarnos pasivos hasta que tengamos apóstoles? No, no se trata de esto en absoluto. Sólo que dudo de que sea la voluntad de Dios que hagas lo que hicieron los apóstoles. Y añado que Dios ha dejado suficientes instrucciones a los cristianos fieles para el estado de cosas en el que se encuentra la iglesia ahora. Seguir estas instrucciones es obedecer más fielmente que si nos dedicamos a imitar a los apóstoles; y el Espíritu de Dios está siempre con nosotros para fortalecernos en este camino de verdadera obediencia.

Instrucciones dadas por el Espíritu Santo para la condición actual de la iglesia
El Espíritu de Dios, previendo todo lo que sucedería en la iglesia, nos ha dado advertencias en la Palabra, y al mismo tiempo la ayuda necesaria. Si Él nos dice que en los últimos tiempos vendrán días peligrosos, y si nos describe a los hombres de aquel tiempo, añade: «a estos evita». Si dice: «No os juntéis en yugo desigual con los infieles» (2 Co 6:14), y ciertamente esta advertencia vale para todas las edades; si dice que somos todos «un cuerpo», y que por ello participamos de un pan; y si sin embargo yo no veo tal unión de los santos, él me dice al mismo tiempo que donde hay dos o tres reunidos al nombre del Señor Jesús, Él está en medio de ellos. Pero Sus instrucciones son aún más precisas que esto. Tengo para mi consolación en todo tiempo que el Señor conoce a los Suyos, pero para mi propia instrucción tengo que aquel que invoca el nombre de Cristo ha de apartarse de iniquidad. Allí donde la encuentre establecida, tengo que apartarme de ella. Pero hay más: aprendo que en una casa grande, como la que ha llegado a ser la iglesia profesante, hay vasos para deshonra, y que si alguien se limpia de estos, vendrá a ser un vaso de honra, útil para los usos del Señor. Y se exhorta al hombre de Dios a que siga la justicia, la fe, el amor y la paz con los que invocan al Señor de puro corazón.

Los que se han estado esforzando por formar iglesias, con toda su buena intención, parecen haber olvidado nuestra necesidad de poder, así como de instrucción. Cuando se nos dice que las instrucciones dadas a las iglesias son para todo tiempo y lugar, me aventuro a preguntar si son para tiempos y lugares en los que no existan iglesias. Y de nuevo volvemos a la indagación: Si la dispensación está en ruinas, ¿quién debe establecer iglesias? Una vez más, yo preguntaría: Las instrucciones del apóstol respecto al uso de las lenguas, ¿es para nuestros tiempos? Desde luego, si es que tenemos el don; pero esta condición es ciertamente una modificación de lo más importante a esta norma, y el mismo punto de inflexión en la discusión que tenemos entre ambas posturas.

¿Autoriza la Palabra de Dios el nombramiento de Presidentes y Pastores?
Los que se adhieren con tanto afecto a la práctica de formar y organizar iglesias citan las epístolas a Timoteo y a Tito con la más firme confianza, como sirviendo de guía a la iglesia en todas las edades, cuando la realidad es que no fueron dirigidas a ninguna iglesias. Se puede observar que las citas de la Palabra de Dios en los temas de mayor peso para los que están dedicados a establecer iglesias, como la elección de ancianos, diáconos, etc., sólo se pueden derivar de estas epístolas —y lo más destacable es que aquellos compañeros del apóstol que gozaban de su confianza fueron dejados en las iglesias, o enviados a ellas cuando ya existían, para seleccionar a los dichos ancianos cuando el apóstol no lo había hecho por sí mismo —lo que es una prueba evidente de que el apóstol no podía conferir a las iglesias la capacidad de escoger a sus ancianos, incluso cuando las iglesias que él mismo había formado todavía existían. A pesar de todo esto, vemos que todo esto se presenta como instrucciones a las iglesias en tiempos posteriores. La designación oficial es una arrogación de autoridad apostólica contraria al orden y a los principios en base de los que tenía lugar entonces. Sin embargo, los santos no quedan sin recursos cuando Dios obra en gracia. Los pastores, maestros y evangelistas son dones que tienen su lugar en la unidad del cuerpo, y tienen su justo ejercicio siempre que Dios los da en gracia; y en 1 Corintios 16:15, 16 encuentro que el Espíritu Santo dirige a la obediencia a todos aquellos que de corazón devoto se han dado a una verdadera obra en el Señor. También 1 Tesalonicenses 5:12 y Hebreos 13:17 enseñan esta misma piadosa sumisión a los que hacen la obra, y de esta manera toman el papel de guías en la obra del Señor.

Los hijos de Dios no tienen más que reunirse juntos en el Nombre del Señor
Entonces, ¿qué propósito me lleva a escribir estas páginas? ¿El de que los cristianos no hagan nada? ¡De ninguna manera! He escrito con el deseo de que haya menos presunción y más modestia en lo que emprendamos; y que lleguemos a ser tanto más conscientes de la situación de ruina a la que hemos reducido a la Iglesia.

Si me dices: «Me he separado del mal que mi conciencia rechaza, que se enfrenta con la Palabra» —muy bien. Si insistes en que la Palabra de Dios demanda que los santos sean uno y unidos; que nos dice que donde hay dos o tres reunidos, Jesús está en medio de ellos, y que por ello os «reunís», de nuevo digo que muy bien. Pero si seguís diciendo que habéis organizado una iglesia, o que os habéis combinado con otros para ello; que habéis escogido a un presidente o pastor, y que habiendo hecho esto, ahora sois una iglesia, o la Iglesia de Dios en el lugar donde estáis —os pregunto—: Amigos míos, ¿quién os ha comisionado para ello? Incluso en base de vuestro principio de la imitación (aunque imitar poder es algo absurdo: y el reino de Dios es «con poder»), ¿dónde encuentras todo esto en la Palabra? En ella no veo ni rastro de que las iglesias eligiesen presidentes o pastores. Me dirás que ha de ser así para mantener el orden. Mi respuesta es que no puedo abandonar el terreno de la Palabra —«El que conmigo no recoge, desparrama.» Decir que se actúa así por necesidad es razonar de forma meramente humana. Tu orden, constituido por la voluntad humana, pronto será visto como desorden a la vista de Dios. Si hay tan solo dos o tres que se reúnen al nombre de Jesús, Él estará allí. Si Dios suscita pastores entre vosotros, u os los envía, muy bien, es una bendición. Pero desde el día en que el Espíritu Santo constituyó la iglesia, no tenemos registro alguno en la Palabra de que la iglesia los haya escogido.

Entonces surge la pregunta: ¿Qué debemos hacer? Pues debemos hacer lo que siempre hace la fe — reconocer nuestra debilidad y tomar el puesto de dependencia de Dios. En todas las edades, Dios es suficiente para Su iglesia. Es de la mayor importancia que nuestra fe se aferre a la verdad, que sea cual sea la ruina de la iglesia en la tierra, encontramos siempre en Cristo toda la gracia, fidelidad y poder necesarios para las circunstancias en las que la iglesia se encuentre. Él nunca falla. Si sois tan sólo «dos o tres» que tenéis fe para ello, reuníos. Descubriréis que Cristo está con vosotros. Invocadle. Él puede suscitar todo lo necesario para la bendición de los santos, y no dudéis que lo hará. No nos aseguraremos la bendición por medio de una pretensión nuestra de ser algo cuando nada somos. ¿En cuántos lugares no se ha estorbado la bendición de los santos por esta elección de presidentes y pastores? ¿En cuántos lugares no se habrían podido reunir los santos con gozo en la fuerza de esta promesa hecha por Cristo a los «dos o tres», si no se hubiesen sentido atemorizados por esta pretendida necesidad de organización y por acusaciones de desorden (como si el hombre fuese más sabio que Dios), y si sus temores al desorden no les hubiesen persuadido a continuar un estado de cosas que ellos mismos confiesan que está mal? Tampoco sirve la constitución de estos cuerpos organizados para refrenar el dominio por parte de una sola persona ni la lucha entre varias. Más bien tiende a producir ambas cosas.

Lo que la iglesia necesita de manera especial es un profundo sentir de su ruina y necesidad, un sentir que se vuelva a Dios para refugiarse en Él —con confesión, y que se separe de todo mal conocido— que reconozca la autoridad de Cristo como Aquel que gobierna como Hijo sobre Su casa, y al Espíritu de Dios como el único poder en la iglesia; y que con ello recibe a cada uno a quien Él envía, según el don que el tal haya recibido, y ello con acción de gracias a Aquel que por este don constituye a tal hermano como siervo de todos bajo la autoridad de la gran Cabeza, del gran Pastor de las ovejas. Tanto la pretensión de que el mundo sea la iglesia como la de restaurarla son dos cosas igualmente condenadas y no autorizadas por la Palabra.

Si me preguntas, ¿qué hemos de hacer entonces?, te responderé: ¿Por qué estás siempre pensando en hacer algo? La posición, humilde, cierto, pero bendecida plenamente por Dios, es confesar el pecado que nos ha traído a donde estamos, humillarnos bajo el Señor, y separarnos de toda iniquidad conocida, descansando en Aquel que es poderoso para hacer todo lo necesario para nuestra bendición, sin arrogarnos el hacer más, por nosotros mismos, que lo que la Palabra nos autoriza.

Un punto de la máxima importancia, y que aquellos que desean organizar iglesias parecen haber perdido totalmente de vista, es que existe el poder, y que sólo el Espíritu Santo tiene poder para reunir y edificar la iglesia. Ellos parecen creer que tan pronto tienen unos ciertos pasajes de la Escritura, no tienen más que hacer que actuar en base de ellos; pero por debajo de la cubierta de la fidelidad se agazapa en esto un error capital: que se deja a un lado la presencia y el poder del Espíritu Santo. Sólo podemos actuar en base de la Palabra de Dios por el poder de Dios. Pero la constitución de la iglesia fue un efecto directo del poder del Espíritu Santo. Nos engañamos a nosotros mismos de una manera muy extraña si dejamos a un lado este poder, y mantenemos con todo la pretensión de imitar a la iglesia primitiva en lo que emanaba de aquel poder. Debo precisar que allá donde se trata de un acto directo de obediencia, el cristiano no debe esperar a tener poder: la gracia constante de Cristo es su poder para obedecer a la Palabra. En lo que precede me he estado refiriendo al poder para llevar a cabo una obra divina en la Iglesia.

Sé que aquellos que consideran que estas pequeñas organizaciones son iglesias de Dios no ven más que meras reuniones humanas en toda otra reunión de hijos de Dios. Hay una respuesta muy sencilla en lo que a esto atañe. Estos hermanos no tienen promesa alguna que les autorice a establecer de nuevo las iglesias de Dios cuando las tales han caído, mientras que sí hay una promesa positiva de que allí donde hay dos o tres congregados al nombre de Jesús, Él está en medio de ellos. De modo que no hay promesa alguna en favor del sistema por el que los hombres organizan iglesias, mientras que sí hay una promesa para este «reunirse congregados» que tantos hijos de Dios menosprecian.

¿Y qué consecuencia vemos de las pretensiones de estos cuerpos? Aquellos que comparan la pretensión con la realidad, quedan desazonados y se sienten repelidos; por otra parte se constituyen una multitud de ellos separados entre sí; y de esta manera queda estorbado el objetivo deseado, que es la unión de los hijos de Dios. Aquí y allí los dones de uno u otro pastor pueden producir mucho efecto; o puede que todos los cristianos puedan vivir en unidad y haber mucho gozo; pero el resultado habría sido el mismo aunque no se hubiese dado la pretensión de ser la iglesia de Dios.

Conclusiones
Concluyo con unas pocas proposiciones:—

1. El objetivo deseado es la congregación de todos los hijos de Dios.

2. Tan sólo el poder del Espíritu Santo puede llevar esto a cabo.

3. Ningún grupo de creyentes tiene necesidad de esperar hasta que este poder efectúe la unión de todos (siempre y cuando actúen en el espíritu de unidad que, si se llevase a cabo, uniría a todo el cuerpo de Cristo), porque tienen la promesa de que allí donde hay dos o tres congregados en nombre del Señor, Él está allí en medio de ellos, y dos o tres pueden actuar en base de esta promesa.

4. En ninguna parte del Nuevo Testamento aparece la necesidad de ninguna ordenación para la administración de la Cena, y está claro que el propósito para el que se reunían los cristianos el primer día de la semana (el domingo) era para partir el pan (Hch 20:7; 1 Co 11:20, 23).

5. En el Nuevo Testamento se desconoce totalmente toda comisión humana para predicar el evangelio.

6. Tampoco tiene justificación alguna en el Nuevo Testamento la elección de presidentes ni de pastores. La elección de un presidente es un mero acto humano, totalmente sin autorización. Es una mera intervención de nuestra voluntariedad en lo que concierne a la iglesia de Dios, y es una acción repleta de malas consecuencias. La elección de pastores es una usurpación de la autoridad del Espíritu Santo, que distribuye los dones según Su voluntad. Gran pérdida tiene aquel que no recibe provecho del don que Dios da a otro. Allí donde se establecieron ancianos, ello fue bien por acción de los apóstoles, bien por los enviados de los apóstoles a las iglesias. Si la iglesia está en ruinas, Dios es suficiente incluso para este estado de ruina; Dios guiará y conducirá a Sus hijos, si andan en humildad y obediencia, sin pretender una obra a la que Dios no los ha llamado.

7. Es evidentemente el deber de un creyente separarse de toda acción que ve que no es conforme a la Palabra, aunque soportando a aquel que en ignorancia actúe mal. Y su deber le demanda esto, aunque su fidelidad le tenga que llevar a mantenerse en solitario, y aunque, como Abraham, se vea obligado a salir sin saber a donde va.

Observaciones finales
Mi propósito, en estas pocas páginas, no ha sido el de manifestar ni la condición arruinada de la iglesia, ni siquiera que la actual dispensación pueda volver a ser establecida, sino más bien proponer una cuestión que es generalmente mal entendida por los que acometen la tarea de organizar iglesias. La ruina de esta dispensación ha sido brevemente considerada en un tratado acerca de la apostasía de la presente dispensación; pero por cuanto un hermano al que le fueron leídas estas páginas pensaba que esta cuestión de la ruina de la dispensación se suscitaba en su mente y consideró bueno ofrecer alguna prueba para dar satisfacción a los que tuviesen esta misma inquietud, añado unos pocos párrafos.

1. La parábola de la cizaña en el campo es la sentencia del Señor acerca de esta cuestión: Que el mal introducido por Satanás en el campo donde se había sembrado la buena semilla no se remediaría, sino que proseguiría hasta la siega. Se debe tener en cuenta que esta parábola no tiene nada que ver con la cuestión de la disciplina entre los hijos de Dios, sino que se relaciona con el tema de si hay algún remedio para el mal introducido por Satanás en la dispensación como tal «mientras dormían los hombres», y con la restauración de la dispensación a su condición original. Esta cuestión la decide el Señor de manera sumaria y autoritativa en sentido negativo, porque nos dice Él que a lo largo de la duración de la dispensación no se aplicará remedio para el mal; que el acto de la siega, en otras palabras el juicio, lo extirpará, y que hasta este momento el mal continuará. Recordemos aquí que nuestra separación del mal y nuestro goce de la presencia de Cristo con los «dos o tres» es algo totalmente diferente de la pretensión de establecer otra vez la dispensación, ahora que ha entrado el mal. Lo primero es a la vez un deber y un privilegio; lo segundo es el fruto del orgullo y de la negligencia respecto a las instrucciones de la Palabra.

2. El capítulo 11 de Romanos, ya citado, nos dice de manera expresa que la actual dispensación será tratada como la que le precedió, y que si no continuaba en la bondad de Dios, sería cortada — no restaurada.

3. El segundo capítulo de la segunda Epístola a los Tesalonicenses nos enseña que el «misterio de la iniquidad» estaba ya obrando; que cuando fuese quitado de en medio un obstáculo que entonces existía, se revelaría aquel «inicuo», y que el Señor lo consumiría «con el espíritu de Su boca» y que lo destruiría «con el resplandor de Su venida». De este modo, el mal que se había introducido ya en los días de los apóstoles proseguiría y maduraría, hasta manifestarse y ser consumido por la venida del Señor.

El tercer capítulo de la segunda Epístola a Timoteo expone lo mismo, es decir, la ruina de la dispensación, y no su restauración. Dice que en los postreros días «habrá tiempos peligrosos,» que los hombres serán «amadores de sí mismos» (y el espíritu añade, «a los tales evita», y que «los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados».

Judas nos muestra también que el mal que ya se había infiltrado en la iglesia sería objeto del juicio a la venida del Señor. (Comparar versículos 4 y 14). Y esta terrible verdad queda confirmada por la analogía de todos los caminos de Dios con los hombres, es decir, que el hombre ha pervertido y corrompido lo que Dios le ha dado para su bendición; y que Dios nunca ha reparado el mal, sino que ha introducido algo mejor después de juzgar la iniquidad. Y esta cosa mejor ha sido a su vez corrompida, hasta que al final se introducirá la bendición eterna. Cuando la dispensación fue una revelación positiva, como lo fue el caso bajo la ley, Dios reunió a un débil remanente de creyentes de entre los incrédulos, y los introdujo a aquella nueva bendición que Él había establecido en lugar de la que había quedado corrompida, transplantando el residuo de los judíos dentro de la iglesia. En el pasaje de Romanos 11, el Espíritu Santo nos instruye en el sentido de que el Señor tratará la actual dispensación del mismo modo.

Lo mismo vemos en el Apocalipsis. Tan pronto como llegan a su fin «las cosas que son» (esto es, las siete iglesias), el profeta es llevado al cielo, y todo lo que sigue tiene que ver no con nada reconocido como una iglesia, sino con la providencia de Dios en el mundo.

No he hecho más que citar unos pocos pasajes concretos; pero cuanto más estudiemos la Palabra de Dios, tanto más encontramos confirmada esta solemne verdad. En resumen: hagamos todo lo que nos sea dado hacer; pero no pretendamos conseguir objetivos que estén del todo más allá de lo que el Señor nos ha dado hacer; y de esta manera no daremos paso a las pretensiones y debilidades de la carne. La humildad de corazón y de alma es la manera segura de no encontrarnos luchando contra la verdad, porque Dios da gracia a los humildes. Que siempre sea alabado Su nombre de gracia y misericordia.


Amén

joselete
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